lunes, 2 de febrero de 2009

El Che sigue,sigue,sigue..





La familia posa para la cámara
del fotógrafo, los mayores cubren
su cara con paliacates, el padre
con pasamontañas de lana negra
es el único que trae zapatos,
su mujer y sus niños descalzos frente
a su choza de palo y techo de lámina
miran al fotógrafo con sus fervorosos
ojos zapatistas.

El "Ya basta" comienza
en los brazos maternos.
El "Ya basta se prolonga
en la respiración de mis hijos",
parece decir el padre de familia,
el maestro, el guerrillero.

En la escuela Unidad Educativa Emiliano Zapata, los niños de muy distintas edades, algunos con pasamontañas y otros con
paliacates, algunos con zapatos y otros
con botas de hule, unos con camisa
y otros panzoncitos con el ombligo
de fuera ya no esperan, viven porque
el maestro les ha dicho que a eso
se viene a la tierra, a vivir, carajo.

Aunque no oigo su risa, sé que algunas mujeres sonríen por el simple hecho
de traer a su hijo en brazos. Saben que su criatura es hermosa y fuerte y que su gorro de olanes la protege de los malos espíritus
y de las corrientes de aire.

El padre llevará al hijo al río a que conozca el agua. Lo hará escuchar la
música, la del bosque, la del violín y
la del guitarrón y el bello rumor que proviene de los hombres.

Todos los árboles de Chiapas saben del zapatismo. ¡Cuánta dulzura la de las
mujeres! ¡Qué ancho su regazo y sus manos que son el pan de cada día! Las mujeres
son pétalos, rosas de satén, les crecen flores en la cabeza en espera del abrazo definitivo, ése que vendrá tras del paliacate rojo.

La niña compensa la desnudez de sus pies con un cinturón de mariposa
que bien podría echarla a volar
si los aires son propicios.

Mientras tanto espera como lo hacemos todas las mujeres y cuando crezca se verá más vieja que su pareja porque en el campo así es, las mujeres siempre se ven mayores que los hombres porque trabajan más.

Aquí están juntos, sobre sus fuertes
piernas de caminante, los sembradores de semillas, bien plantados el uno al lado
del otro, la pareja de la dignidad que pronto será multitud.

Los zapatistas llevan su corazón vivo
en el pecho y saben que son únicos
e irremplazables porque nada sucede dos veces. De la firmeza de sus manos de selva y sol surgen las plantas y la nueva vida.

¡Cuánto orgullo! ¡Qué alto el cielo de Chiapas! ¡Cuánta firmeza en esas patitas
encueradas! El fotógrafo vio la altivez del portero del EZLN y su esperanza de meter un gol que traspase la portería sin red, el llano de horizontes lejanos, y llegue directo a la selección nacional.

El Che Guevara sigue, sigue, sigue.

(Elena Poniatowska)